Breve reseña del canje de prisioneros

Pese a la crueldad de la guerra, el cambio de prisioneros en Acuitzio fue un acto humanitario

Tomado de Ángel Ramírez Otuño, “Cambio de Michoacán”, lunes 3 de diciembre de 2012, pág. V de Municipios…  http://www.cambiodemichoacan.com.mx/nota-187807

Uno de los acontecimientos más trascendentes de la diplomacia mexicana durante la intervención francesa fue la negociación para el cambio de prisioneros entre los jefes militares mexicanos y el mismo Maximiliano de Habsburgo. La iniciativa del ilustre intelectual juarista Vicente Riva Palacio, nieto del no menos célebre Vicente Guerrero, dio como resultado que salvaran la vida varios centenares de combatientes mexicanos, especialmente porque pesaba sobre ellos la condena de un decreto ilegal e inhumano del espurio emperador que dictaba la ejecución sumaria de quienes eran capturados en combate.

Bajo las reglas de ese malhadado decreto fueron asesinados los generales Arteaga y Salazar, los ya conocidos como “mártires de Uruapan”, el 22 de octubre de 1865.

Antes del arribo de los dos grupos de prisioneros a la población de Acuitzio se puso a prueba la diplomacia y el temple de los conductores de la resistencia, como el propio Riva Palacio, quien recibió del bando enemigo respuesta a su iniciativa por conducto del sanguinario general Ramón Méndez, mexicano que se puso a las órdenes del imperio y que, como reza la conseja popular, era como el ternajal, “más duro que la cal”, quien puso cinco condiciones para efectuar el canje a través de una carta fechada el 5 de noviembre de 1865, entre ellas, que deberá realizarse a más tardar el 25 de noviembre y “no habrá lugar, pasada esa fecha, a ningún convenio”; los jefes y oficiales se canjearán uno por uno y si hubiera más oficiales prisioneros o tropa “se considerará a un oficial por cada diez soldados”, según el relato del escritor parachense Eduardo Ruiz, quien por esas fechas era secretario del General intelectual.

Riva Palacio, en el intercambio epistolar, le recuerda que la orden de Maximiliano fue que el intercambio se hiciera con más de cien prisioneros mexicanos y por iniciativa de Ramón Méndez “usted me quiere dar treinta o cuarenta oficiales subalternos” poniendo en evidencia su indisciplina y luego le dice: “si usted quiere el canje deme mis jefes, oficiales y soldados y yo le daré los suyos, pero esto uno a uno y sin hacer esas odiosas excepciones que usted me propone”, cuya carta está fechada en Turicato el 26 de noviembre de 1865.

La siguiente comunicación ya no será con el general Méndez, sino con el Mariscal Aquiles Bazaine, quien acepta las condiciones de Riva Palacio y en la lista de prisioneros mexicanos se incluyen todos los jefes, oficiales y tropa detenidos en prisiones de Morelia, Pátzcuaro, Puebla y Oaxaca, pero propone como fecha última el 2 de diciembre en la población de Acuitzio. Por cierto, en la lista original se incluía a Porfirio Díaz, quien se fugó de una prisión de Puebla el 20 de septiembre, pero la carta que le envía a Riva Palacio, agradeciéndole su inclusión, llegó después de la muerte de los generales Arteaga y Salazar, ocurrida en Uruapan el 22 de octubre.

El jefe de la negociación mexicana le pide que se aplace tres días la fecha, puesto que “de aquí al lugar donde están los prisioneros belgas (Huetamo y Zirándaro) hay una distancia de 46 leguas de muy mal camino” y dio órdenes para que se suspendan las hostilidades en toda la línea de Tacámbaro a Acuitzio. Cuando los belgas llegaron a Tacámbaro el 3 de diciembre, algunos de ellos se rehusaban a participar en el intercambio, porque querían combatir al lado de los republicanos

Eduardo Ruiz dice en su libro, “Historia de la guerra de intervención en Michoacán” que “Serían las diez de la mañana del día cinco cuando nuestra tropa con los prisioneros que escoltaba llegó a la orilla (del poblado) rumbo al sur. El teniente coronel Lisarte mandó hacer alto y con voz acentuada dijo a los prisioneros:

“Señores, vuestros compatriotas se hallan en el extremo opuesto de la población: es la fuerza que conduce a los prisioneros republicanos. Mientras se cumplen las formalidades del canje debéis permanecer acampados aquí”.

En aquellos momentos, del otro lado de la población se oía el canto belga “Garòe a Vous” tocado por los clarines. Nuestras músicas dejaron escuchar entonces los acordes del Himno Nacional, y algunas voces entonaban la estrofa “Ciñe o Patria tus sienes de oliva”, etc.

Tanto Lisarte como el comandante belga, Visart de Bocarmé desembocaron en la plaza y se saludaron como antiguos amigos.

Cuando fueron cambiado sus respectivas credenciales y las listas de los prisioneros, ambos ordenaron a sus clarines toque de Atención y luego la voz de mando ¡Avancen!

Unos cuantos minutos después, las dos fuerzas penetraron en la plaza. Sonaron las bandas y las músicas, el espacio se llenó de cohetes que estallaban en el aire, las campanas repicaban alegremente y se oían las exclamaciones de entusiasmo de la multitud.

En el capítulo “El Canje”, el autor añade: Los prisioneros, sin poderse contener, se abrazaron entre sí, y luego se desprendieron de uno y del otro bando y fueron a estrechar entre sus brazos a sus antiguos camaradas. Los belgas se dividieron en varios grupos y entonaron el canto de su patria. Nuestros músicos repetían el Himno Nacional.

Lisarte y Bacarmé presidieron sus respectivos banquetes y el belga obsequió a los nuestros con abundante cerveza que había llevado desde Morelia.

La tarde, como lo son generalmente las de diciembre en nuestro clima, estaba esplendorosa y tranquila, transparente y perfumado el aire, de azul pálido la bóveda del cielo y como cubierta de una gasa cerúlea las montañas que rodean el extenso llano de Coapan. A lo lejos se veía erguida la blanca iglesia de Undameo y humildemente reclinado al pie del cerro del Águila el ruinoso Tiripetío, en otros tiempos vasta ciudad, rica y feliz.

Nuestros soldados desaparecieron entre los oscuros pinares del camino de Tacámbaro.

La estancia de ocho meses de los prisioneros en la Tierra Caliente

En la batalla de Tacámbaro, que tuvo lugar el 11 de abril de 1865, el general Nicolás de Regules venció al regimiento de la Emperatriz Carlota, quienes apenas unos meses antes habían desembocado en Veracruz, los enviaron a Michoacán porque era la región que mayor resistencia ejercía a la invasión y desfilaron pocas semanas antes de llegar a Tacámbaro, por la avenida Madero de la ciudad de Morelia.

La batalla se inició poco después de las seis de la mañana, según relato del mismo Eduardo Ruiz, y al filo de las once ya habían sido derrotados los extranjeros, junto con poco más de 300 mexicanos traidores. De ahí a la prisión

Rumbo a Huetamo avanzan un grupo de soldados extranjeros capturados en campos de batalla por la milicia nacional, igualmente según la narración del Licenciado Eduardo Ruiz en su libro “Historia de la guerra de intervención en Michoacán”.

¡Oh, se les hizo “caminar a pie, al lado de la escolta, compuesta de indios que saben tragar leguas por montes y por llanos! Los oficiales que eran siete belgas, un francés y un mexicano, bajo su palabra de no fugarse, habían conservado sus espadas y equipajes, y se les había proporcionado un jumento para que fueses remudándose en el camino. La remonta era humilde pero cómoda, señalaba el secretario de Riva Palacio.

El 16 de abril llegaron a Huetamo. La gente acudía a ver a los belgas. Las mujeres eran las que mostraban más curiosidad, mezclada de admiración y de piedad. Muchos de los prisioneros, los más impresionables, acariciaron tiernas esperanzas ante aquella acogida. Llamáronles la atención las buenas formas de aquellas indias, su andar voluptuoso y sus ojos brillantes. Ignoraban aún las intimidades de la quiricua, o sea el mal del pinto, de que no están exentas las tierracalenteñas. Por lo demás, los belgas, tras ocho meses de permanencia en aquellos lugares, afirmaban que el pinto no es contagioso.

De su alimentación, señala Ruiz, el encargado era el coronel Villagómez, ese mismo que después heredará su nombre a la tenencia de Santa Cruz, en lo más profundo del hemisferio sur del actual estado de Michoacán, y se narra que los prisioneros almorzaron debajo de unas zirandas negras que adornaban el jardín principal de Huetamo y que en cada esquina había unas fondas, especie de restaurantes al aire libre que eran atendidos por amables “chimoleras”.

Asi comenzó la vida de los prisioneros belgas y mexicanos, y para su atención se presentó un médico a curar a los heridos. Era un hombre amable, leal y humanitario aquel modesto doctor indio y se llamaba Leonides Gaona, y cuando el Administrador de Rentas, Rafael Cosío no entregaba a tiempo los haberes y pretendía fusilarlos, era el médico indio del pueblo el que los defendía, señala con precisión don Eduardo Ruiz en sus memorias.

Los presos tenían por prisión la plaza principal de Huetamo y por alojamiento los portales, y solamente eran vigilados por unos cuantos pintos de calzón blanco, camisa de fuera y machete colgado de la cintura. En varias ocasiones pretendieron fugarse, pero al fin eran delatados por un soldado francés, sin embargo esa actitud molestó a Valdez, quien tomó la decisión de remitirlos al vecino pueblo de Zirándaro y ponerles como una fuerte muralla entre Zirándaro y Huetamo al caudaloso río Balsas.

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    Acuitzio, un municipio ordenado y generoso.

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